Hay una cifra que descoloca en la entrevista que Rafael Hernández concedió en La Habana: en los años duros de fines de los sesenta había más cubanos alzados en armas contra la revolución que los que se levantaron contra la dictadura de Batista. El director de la revista Temas lo dice sin aspavientos, como quien ordena papeles viejos, y enseguida aclara que aquel país no es este. La sociedad de 1968 o 1969 vivía la escasez con una claridad ideológica que hoy no existe, una conciencia transparente sobre el por qué de las carencias. Eso, sostiene, es lo que se quebró.
Hernández repasa las amenazas del pasado: la invasión de Playa Girón con 1.400 exiliados entrenados y armados por Estados Unidos, el ataque nuclear que estuvo sobre la mesa en 1962, la zafra que paralizó todo para producir diez millones de toneladas de azúcar. Eran años de inopia material. Pero la escasez estaba repartida de otro modo. Hoy hay transporte, hay medios, y sin embargo el salario dejó de alcanzar para vivir. Una parte de la población se bandea, otra no llega. La inflación, dice, se vive como algo devastador.
El problema no es solo económico. Hay quien no cree que valga la pena defender la independencia nacional, que piensa que hay que pactar con Estados Unidos para salir del pozo. Hernández no los trata como traidores: plantea que la mayoría nunca vivió en un país sin autonomía, y que las conquistas son conquistas de bienes que no se tienen. Quien nació con independencia no sabe lo que costó.
La respuesta a esa ilusión es dura. No hay ningún actor en el mundo capaz de generar las condiciones para un acuerdo con Estados Unidos, dice. Esperar que Washington se acople es como esperar que los alacranes se comporten distinto. El gobierno cubano siempre estuvo dispuesto a dialogar, con Fidel, con Raúl, con el actual gobierno. Pero eso implica un quid pro quo, no precondiciones. Aceptar condiciones previas, sentencia, es una mala manera de pactar y es contraproducente. Y el doble rasero tampoco: no se puede exigir a Cuba una democracia y unos derechos humanos que no se le reclaman al resto del mundo.
La soberanía no se come, decía una cubana americana que Hernández recuerda. Él le da la vuelta: hay muchas cosas que no se comen. La libertad, la democracia, la participación, la dignidad. Y todas están siendo dañadas por la situación. Queda flotando esa tensión sin resolver, la de un país que resiste 250 años de un vecino que cree que debería ser parte de él.