CUANDO EL CAPITAL TE VENDE TUS PROPIAS GANAS COMO MERCANCÍA
Reflexión breve

CUANDO EL CAPITAL TE VENDE TUS PROPIAS GANAS COMO MERCANCÍA

(★) .- Del "Ojalá" de Silvio al seminario en cuatro cuotas: cómo el coaching le robó al deseo su filo político y lo convirtió en deuda.

"Ojalá que el deseo se vaya tras de ti". Silvio Rodríguez la escribió pensando en el tipo que le robó la novia, o en la Revolución, o en las dos cosas juntas —que en la Cuba de los 70 a veces era lo mismo. El deseo ahí era una falta, algo que te faltaba a vos, no una deuda que le debías al mercado. Hoy la misma frase te la venden en un seminario financiado. Y cambió todo: ahora significa que si no te alcanza el sueldo, si el alquiler te come la quincena, el problema no es la plata. Es que no deseaste lo suficiente.
El coaching ontológico no es solo una estafa espiritual. Es una mercancía que se produce, se empaqueta y se vende. El coach es un laburante precarizado que vende aire acondicionado para el alma. El que lo compra es un tipo que no puede resolver por guita lo que el sistema no le da por derecho. Entonces compra una narrativa: la historia de que su vida es un proyecto personal, no una posición en una estructura que le saca más de lo que le devuelve. Es pagarle a alguien para que te convenza de que no necesitás que te paguen.
La derecha se enamoró de esto porque resuelve un problema real del capitalismo tardío. En los 70, cuando Silvio escribía Ojalá, el enemigo era explícito: el imperialismo, la dictadura, el patrón. Ahora el enemigo sos vos. Tu ansiedad. Tu falta de fe. Tu "bloqueo". Te corren del terreno de la explotación al terreno de la psicología, y encima te hacen pagar la consulta.
Pero acá está lo que no hay que tragar: el deseo es consecuencia, no causa. Nadie se empobrece porque desea mal. Se empobrece porque hay una relación social concreta —con números, con horarios, con contratos— donde el trabajo que hace une produce más valor de lo que recibe. Eso no se arregla deseando distinto. Eso se arregla cambiando la relación. Y para eso no hace falta un coach. Hace falta un sindicato. Una huelga. Gente que se junte y diga: esto no me alcanza, y no es porque no lo quiera lo suficiente, es porque me lo están choreando.
El sistema te enseña a desear individualmente. A competir con el de al lado por el mismo hueso. A que tu deseo de casa propia se convierta en deseo de que el vecino no la tenga. Así la lucha de clases se transforma en carrera de ratones, y los ratones se muerden entre sí en vez de preguntarse quién cerró la jaula. Desear una vida digna no es lo mismo que desear ganarle al otro. Pero el deseo colectivo no es un estado de ánimo ni un mood de Instagram. Es una fuerza que solo existe cuando se organiza: en una toma, en un piquete, en una fábrica recuperada, en un barrio que le dice al fondo de inversión que el agua no se vende.
El capitalismo no pierde cuando alguien se pregunta qué quiere "de verdad". Esa pregunta es todavía una trampa del yo solitario pagando una sesión. El capitalismo pierde cuando ese yo se rompe, cuando deja de ser individual y se vuelve colectivo, cuando el deseo deja de ser mercancía y se convierte en movimiento. Cuando dejás de desear que te vaya bien a vos y empezás a luchar para que le vaya bien a todes. Ahí, y solo ahí, el deseo deja de ser un negocio y empieza a ser peligroso.

Parte 1 (continuará...)