ANEXO: LO QUE SILVIO NO CANTÓ EN EL FRAGMENTO
Reflexión breve

ANEXO: LO QUE SILVIO NO CANTÓ EN EL FRAGMENTO

(★) .- La canción no termina en "que el deseo se vaya tras de ti". Termina en "para no verte siempre". El duelo es el reverso del horizonte.

El fragmento es una trampa. La canción entera es más cruda.
Silvio no está deseando que el deseo se vaya. Está deseando que el otro no pueda transformar el mundo en objeto. "Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan / para que no las puedas convertir en cristal". Las hojas caen y el otro podría convertirlas en cristal: algo bello, sí, pero también algo fijo, inmóvil, mercancía. El deseo que vuelve encuentra un objeto y se vuelve mercancía. Silvio ya lo sabía. Está deseando que el otro no pueda hacer eso con lo que cae. Que el deseo no pueda ser atrapado, embalsamado, vendido.
"Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo". La lluvia es milagro cuando toca el cuerpo del otro. Un milagro que pasa por el cuerpo del otro te deja afuera. No te toca. Silvio desea que la lluvia deje de ser milagro: que se vuelva agua, común, de todos. El capitalismo te enseña a desear el milagro que baja por el cuerpo del otro, a competir por él. Pero el agua no es de nadie. El agua moja a todos o no moja a nadie. El deseo que no vuelve es agua, no cristal.
"Ojalá que la luna pueda salir sin ti". La luna, testigo del amor romántico, el capitalismo la convirtió en testigo de tu reconocimiento: necesita que alguien la mire para ser. Silvio desea que la luna salga sin el otro. La existencia no necesita permiso. No necesita que el otro valide que el mundo es bello. El capitalismo tardío te vendió que sí: que necesitás la mirada del otro para existir, que el like es la prueba de que sos alguien. Silvio está diciendo que no.
"Ojalá se te acabe la mirada constante / la palabra precisa, la sonrisa perfecta". La mirada constante es la que te vigila, la que te juzga, la que te devuelve una imagen de vos mismo. Es el algoritmo, el like, el seguidor. Silvio no pide que te reconozca. Pide que se acabe. La palabra precisa es la que mete tu deseo en una categoría de mercado. La sonrisa perfecta es la que no muestra la grieta, la que vende felicidad en cuotas. Silvio desea que el otro pierda su poder de definirte. Que deje de ser el que te dice quién sos.
"Ojalá pase algo que te borre de pronto / una luz cegadora, un disparo de nieve". Borrar al otro. No para que desaparezca. Para que el mundo deje de ser un trámite que pasa por su mirada. Mientras el otro esté ahí, convertirá las hojas en cristal, la lluvia en milagro, la luna en testigo. Y el capitalismo tardío sabe eso: por eso no te vende cosas, te vende la necesidad de que el otro las convierta en cosas. El like no es un objeto, es el comprobante de que alguien miró y aprobó. El match no es un encuentro, es el visto bueno de que dos subjetividades son intercambiables. El seminario no es un curso, es el permiso para creer que tu deseo necesita un intermediario.
Silvio no le está pidiendo al otro que se vaya. Le está pidiendo que renuncie al cargo de productor oficial de realidad. Que su mirada constante, su palabra precisa, su sonrisa perfecta —todo ese kit de herramientas para fabricar mundo— se vuelva inútil. Que la lluvia moje sin que nadie la certifique. Que la luna salga sin que nadie la valide. Que las hojas caigan sin que nadie las convierta.
El capitalismo tardío no sobrevive sin ese otro que convierte. Sin el que mira y dice "esto vale", "esto existe", "esto sos vos". Porque el sistema no necesita que el deseo sea verdadero: necesita que el deseo pase por el otro. Que el otro sea el que convierte lo que cae en objeto, el que transforma la experiencia en producto, el que te devuelve una imagen de vos mismo que puedas comprar. Si el otro deja de ser el convertidor, no hay cristal, no hay milagro, no hay testigo. El deseo se va y no vuelve. Y sin retorno, no hay negocio.
El duelo no es la tristeza de que el otro se fue. Es la aceptación de que el otro ya no convierte. De que la lluvia moja sin su certificado. De que la luna sale sin su firma. De que las hojas caen sin su patente. Y cuando aceptás eso, el sistema pierde su principal activo: la necesidad de ser validado.
Pero, ¿qué queda entonces? ¿Qué es el deseo cuando no necesita pasar por el otro, cuando no busca objeto, cuando no pide ser visto?
Silvio lo dice sin decirlo. El deseo que no vuelve es el que encuentra que el otro no es un espejo, sino una presencia. No alguien que te devuelve tu imagen para que la compres, sino alguien con quien el mundo se vuelve más mundo. La lluvia no es milagro porque toca un cuerpo elegido: es milagro porque moja a todos. La luna no es testigo de un amor individual: es luz que no necesita que la miren. Las hojas no son cristal: son caída. Y la caída, cuando se comparte, no se convierte en objeto. Se convierte en movimiento.
Eso es el deseo cuando deja de ser negocio: la certeza de que no estás solo, pero no porque alguien te haya reconocido, sino porque el agua moja tu cuerpo y el de otro al mismo tiempo. No es un reconocimiento. Es una simultaneidad. No es una transacción. Es un compartir. No es una imagen devuelta. Es un mundo que se hace entre dos sin que nadie lo convierta en producto.
El capitalismo tardío no puede con eso. No porque no pueda facturarlo —que no puede— sino porque no entiende que el deseo, cuando es deseo de verdad, no busca tener, busca estar. No busca poseer el objeto, busca ser con otro. No busca que el otro te devuelva una imagen, busca que el otro esté ahí, sin que su presencia sea un trámite. No busca que el mundo se convierta en cristal. Busca que el mundo, simplemente, sea. Sin permiso, sin certificado, sin firma. Lluvia que moja a todos. Luna que sale sin testigo. Hojas que caen sin convertirse en nada.
Y vos, mientras tanto, caminás. No porque haya un horizonte que te espera. Sino porque el agua ya te mojó. Y cuando el agua te moja, no necesitás que nadie te confirme que estás vivo.


(*) No, Silvio no sabía de algoritmos en 1971. Pero el deseo que cantó resulta que era el único deseo que el capitalismo tardío no iba a poder reciclar. Esta es una lectura contemporánea, no una clase de historia.

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