La Universidad de Heidelberg, en Alemania, tiene un centro de estudios apocalípticos y postapocalípticos financiado con dinero público. No es un caso aislado: en la última década aparecieron iniciativas similares en varios países europeos. Para Bruna de la Torre, investigadora del centro, esto muestra que el fin de los tiempos se volvió un asunto de Estado. "El apocalipsis no es solo religión. Es un campo de fuerza secular que mezcla catástrofe, justicia, revolución y transformación", dice.
La pregunta sobre si el apocalipsis va a suceder, está sucediendo o ya sucedió tiene múltiples respuestas. Depende de cómo se entienda la temporalidad de la catástrofe. "La crisis ambiental, el antropoceno, es una era geológica que la conciencia humana accede en abstracto pero no en concreto, porque no tenemos la experiencia de esa temporalidad", explica Bruna. La capacidad de entender los procesos que vivimos es limitada, y ahí entra el valor de los estudios apocalípticos como herramienta de análisis.
La pandemia fue un punto de inflexión. Aceleró tendencias que ya estaban presentes desde la crisis de 2008: digitalización forzada, plataformización del trabajo, control biopolítico sobre la vida y la muerte. "La pandemia funcionó como la terapia de choque de Naomi Klein", afirma Bruna. Reveló qué trabajos son realmente esenciales y cuáles no, visibilizando la crisis de la reproducción social que el feminismo latinoamericano supo poner en el centro del debate.
Sobre la industria cultural, Bruna es crítica. "Imaginar el fin del mundo nunca fue tan divertido", escribió en un texto para Boitempo. Pero esa diversión tiene un costo: "Este conjunto de películas, series y videojuegos produce una preparación psíquica en masa para la catástrofe. Estamos consumiendo imágenes para acostumbrarnos y sensibilizarnos ante lo que vivimos". La diferencia con las distopías de la Guerra Fría es notable: antes había un Estado autoritario como amenaza; hoy, en series como The Walking Dead, reina la lucha de todos contra todos, el Estado de naturaleza neoliberal donde la fuerza es la única virtud.
La figura del zombi condensa varias metáforas: el miedo al contacto, la alienación, la deshumanización del capitalismo, el consumo insaciable. "Hay una jerarquía entre los monstruos", dice Bruna citando a David Graeber. "El vampiro es aristócrata, el zombi es clase trabajadora". Y advierte que el inconsciente político de estos productos culturales ya no es utópico como el de Jameson, sino preparacionista, cercano a la extrema derecha y al sobrevivencialismo armado.
Sobre las Big Techs, la investigadora trae la metáfora nuclear de Gunther Anders: entre el acontecimiento y sus efectos hay un intervalo temporal que impide dimensionar lo que ya pasó. "La inteligencia artificial ya sucedió. Las consecuencias van a ser enormes para el trabajo y la política, pero estamos en ese espacio ciego entre el hecho y sus consecuencias". Y cierra con una pregunta incómoda: "El mundo ya se acabó muchas veces para mucha gente. Este mundo de las Big Techs, ¿para quién se va a acabar?".