Las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) son contundentes: las mujeres paraguayas promedian 10,3 años de estudio frente a 10,1 de los hombres, pero su ingreso mensual es de 2.767.000 guaraníes contra 3.640.000 que perciben los varones. Esta brecha del 24% expone las profundas desigualdades que atraviesan el mercado laboral paraguayo, donde la formación académica no se traduce en equidad económica.
La Encuesta Permanente de Hogares 2025 revela que el 60,8% de las mujeres están ocupadas, pero su inserción laboral se concentra en sectores precarizados. El 15,9% trabaja en empleo doméstico, tradicionalmente mal remunerado y con escasa protección social. El 7,2% son trabajadoras familiares no remuneradas, una categoría que invisibiliza su aporte económico. Solo el 3,1% alcanza posiciones de empleadora o patrona.
La jefatura femenina de hogar alcanza el 38,5%, un dato que contrasta con la brecha salarial y sugiere que miles de familias enfrentan limitaciones económicas adicionales por esta desigualdad. El director del INE, Iván Ojeda, reconoce que el trabajo no remunerado en el hogar, realizado principalmente por mujeres, es un factor clave que explica esta disparidad.
La violencia de género agrava este panorama: entre 2021 y 2025 se procesaron 172.722 denuncias por violencia familiar, con mujeres como víctimas en el 76% de los casos. Solo en 2025 se registraron 38.384 denuncias, la cifra más alta del período analizado.
Estos datos emergen en el Día de la Mujer Paraguaya, que conmemora la Primera Asamblea de Mujeres Americanas de 1867. La paradoja es evidente: las mujeres avanzan en educación y asumen mayor responsabilidad económica en los hogares, pero el sistema económico neoliberal mantiene barreras estructurales que perpetúan su desventaja. La brecha salarial no es solo un número: es la expresión concreta de un modelo que subvalora el trabajo femenino y naturaliza desigualdades que requieren transformaciones profundas más allá del discurso celebratorio.