La nota anterior terminaba con una pregunta incómoda: ¿y si el reconocimiento hegeliano se convirtió en un like que nunca cierra la cuenta? Pero hay un filósofo colombiano que te mira desde Bogotá y te dice: esperá, che, el problema no es que nadie te dio like. El problema es que todavía querés el like. Ese es Santiago Castro-Gómez, y si Hegel inventó la dialéctica del reconocimiento, Castro-Gómez se dedicó a mostrar que esa dialéctica venía con un virus de fábrica: la colonialidad del ser.
Fijate: Hegel te dijo que necesitás otra autoconciencia para ser alguien. Pero nunca te preguntó de dónde salía esa autoconciencia. Para Castro-Gómez, la respuesta está en la hybris del punto cero: esa pretensión europea de hablar desde una mirada universal, neutral, como si el filósofo alemán estuviera flotando en el éter sin pasaporte. Spoiler: no. Hegel escribía desde el centro del mundo colonial, y su "autoconciencia" era la del sujeto blanco, ilustrado, burgués, que se reconoce a sí mismo mirando al otro —al esclavo, al colonizado, al que no tiene like— como el espejo donde se refleja su propia grandeza. La dialéctica del amo y el esclavo, leída con lentes de Castro-Gómez, no es una metafísica del espíritu: es un manual de relaciones coloniales disfrazado de filosofía trascendental.
Y acá viene el plot twist que nos interesa. Si la nota anterior decía que el capitalismo tardío deformó el reconocimiento hegeliano convirtiéndolo en un algoritmo de Tinder, Castro-Gómez te frena y te dice que no fue el capitalismo el que lo deformó. Fue la modernidad misma, que siempre fue la otra cara de la colonialidad. Son dos caras de la misma moneda, como diría el colombiano. El like no es una distorsión tardía de una idea pura: es la actualización digital de una tecnología de gobierno colonial que lleva siglos inscribiéndose en tu deseo, en tu voluntad, en tu forma de mirarte al espejo.
¿Qué significa esto en criollo? Significa que cuando abrís Instagram y esperás el reconocimiento de otra autoconciencia, no estás repitiendo a Hegel: estás repitiendo a Cristóbal Colón. Estás reproduciendo la lógica del "avanzado" que necesita al "atrasado" para sentirse moderno. El que te da like no es un sujeto que te reconoce de igual a igual; es un espectador que te valida desde el punto cero de la mirada algorítmica. Y vos, en vez de buscar una autoconciencia propia, estás buscando ser el "otro" bien mirado, el indígena civilizado, el periférico que consiguió pasaporte europeo, el pibe de la villa que llegó a Miami y ahora tiene verificado. La colonialidad del ser, en palabras de Castro-Gómez, no opera en el Congreso ni en el FMI: opera en la microfísica de tu deseo, en la forma en que valorás tu existencia.
La derecha, obvio, no entiende nada. Para ellos, Castro-Gómez es otro zurdo que habla raro. Pero si leyeran —cosa que no van a hacer— descubrirían que el colombiano les caería bien en un aspecto: también les hace la crítica al autonomismo romántico, a la idea de que te podés escapar de la modernidad refugiándote en una comunidad pura, autóctona, sin Instagram. Castro-Gómez dice que eso es una narrativa mesiánica, un new age ecozoico que no resiste un análisis genealógico. La modernidad llegó para quedarse, dice, y el asunto no es salir de ella sino transvalorar sus herencias coloniales. Pero claro, la derecha lee esto y entiende "hay que ser modernos como los yanquis", que es exactamente lo contrario. Ellos quieren el like de Miami no porque busquen reconocimiento mutuo, sino porque quieren alcanzar el punto cero: ser el amo que mira desde arriba, el sujeto blanco que finalmente logró que el algoritmo lo reconozca como universal.
Y la izquierda, ¿qué hace? La izquierda argentina sigue citando a Hegel como si fuera un compañero de ruta, repitiendo que el verdadero reconocimiento es el mutuo, el que se da en el trabajo, en la lucha, en condiciones de no-sometimiento. Todo muy lindo, pero Castro-Gómez te pregunta: ¿no es eso, también, una forma de humanismo filosófico que reproduce el esquema del sujeto? ¿No están pidiendo, en el fondo, que el algoritmo les reconozca como sujetos hegelianos legítimos? La izquierda quiere que el FMI deje de ajustar para que podamos ser autoconciencias plenas; Castro-Gómez te dice que el FMI no es una institución que se metió de afuera en una modernidad inocente: el FMI es la modernidad colonial en su fase financiera. Pedirle reconocimiento al FMI es como pedirle a Tinder que te valore como persona. El problema no es que no te den el crédito; es que te enseñaron a medir tu dignidad en dólares.
Acá está el verdadero aporte del colombiano, y es más incómodo que un like sin respuesta. Castro-Gómez no te dice que busques otro reconocimiento, más auténtico, más comunitario, más ancestral. Te dice que mires cómo tu propio deseo de ser reconocido ya está colonizado. Que la autoconciencia hegeliana no fue secuestrada por el capitalismo tardío: siempre fue una forma de biopolítica imperial, una tecnología para hacerte desear ser moderno, para hacerte sentir que sin la mirada del otro no existís. Y en 2026, esa mirada del otro no es la de un filósofo alemán: es la de un algoritmo entrenado con datos extraídos de cinco siglos de colonialidad.
Entonces, ¿qué hacer? La propuesta de Castro-Gómez no es fácil de convertir en un tuit. No te dice "borrá Instagram y andá al monte". Te propone una genealogía de tu propio deseo: rastrear cómo el capitalismo se hizo experiencia en tu subjetividad, cómo la colonialidad del ser te enseñó a valorarte solo desde afuera, desde la mirada del que tiene el punto cero. Y a partir de ahí, construir un republicanismo transmoderno: no un reconocimiento hegeliano donde el otro me valida, sino una forma de existencia donde dejo de necesitar que el algoritmo me devuelva una imagen de mí mismo.
Hegel, al final, también necesitaba que le compraran los libros. Pero cuidado: que te compren un libro no es que te reconozcan como sujeto. Y que te den un like, menos. Castro-Gómez lo resumiría así: el problema no es que nadie le dio like a Hegel en Tinder. El problema es que Hegel creía que Tinder era la historia universal del espíritu. Y vos, pobre, todavía esperás el match.