Después de Hegel y su Tinder filosófico, de Castro-Gómez y la colonialidad del ser, de Pérez Soto y el deseo que ya es deuda, de Gargallo y el trabajo invisible que paga la factura de tu like, queda una pregunta que ningún algoritmo puede procesar porque no tiene métrica: ¿y si el deseo no fuera para ser visto? ¿Y si fuera para perderse?
El sistema te vendió la ilusión de que desear es recibir. Que el otro existe para devolverte una imagen de vos mismo. Que ser alguien —sujeto, autoconciencia, perfil verificado— depende de que alguien te mire y te confirme: existís. Pero hay un momento en Silvio Rodríguez, ese cubano que escribía desde la isla bloqueada mientras el imperio apretaba, donde el deseo no pide devolución. "Ojalá que el deseo se vaya tras de ti" no es una súplica de reconocimiento. Es una invitación a la pérdida. Es desear que el deseo no vuelva. Porque si vuelve, es porque encontró un objeto, y si encontró un objeto, ya es mercancía.
El capitalismo tardío no teme que quieras. Teme que quieras sin que te devuelvan nada. Porque el deseo que no cierra la transacción —el que no genera like, match, seguidor, conversión— es el único que no puede ser explotado. Es el deseo que se va tras de ti, sí, pero para sacarte de ahí. No para que compres un seminario. No para que pagues la cuota del empoderamiento. Es el deseo que rompe el círculo de la deuda infinita: la deuda de tener que ser visto para existir, la deuda de tener que pagar con tu subjetividad cada vez que el algoritmo te devuelve un pedacito de vos mismo.
El sistema te confirmó que todavía estás adentro. Ese like que no llegó, ese match que no prosperó, ese seminario que te prometió la llave de tu propio deseo: te están diciendo que todavía deseás lo que el sistema puede darte. Que todavía medís tu dignidad en una moneda que fue acuñada con tu propia explotación.
La izquierda argentina, entre un ajuste del FMI y otro, sigue discutiendo si el like es o no es reconocimiento hegeliano. Se está quedando en la pregunta equivocada. No se trata de si el algoritmo te reconoce como sujeto. Se trata de que el deseo de ser reconocido ya es un producto del capitalismo tardío, y mientras sigas pidiendo que te reconozcan desde la lógica del algoritmo, vas a seguir siendo el esclavo que Hegel describió, solo que ahora el amo no te mira a los ojos: te mira a través de una pantalla, y cobra por cada mirada.
¿Y si la salida no fuera más reconocimiento, sino menos? ¿Y si la política del deseo no consistiera en pedir que el algoritmo te vea, sino en construir formas de existencia donde la mirada del otro ya no sea necesaria? No porque te hayas vuelto autosuficiente —eso es la fantasía del emprendedor— sino porque el deseo, cuando es verdadero, no se completa en el reconocimiento: se completa en la alteridad. El otro no es el que te devuelve tu imagen. El otro es el que te arranca de tu imagen.
Hegel necesitaba que alguien le comprara los libros. Castro-Gómez necesitaba que alguien leyera desde fuera del punto cero. Pérez Soto necesitaba que entendieras que tu deseo no es tuyo. Gargallo necesitaba que vieras quién paga la factura de tu visibilidad. Y Silvio, el que empezó todo, no necesitaba nada: solo cantaba. Su deseo se iba tras de ti, no para que le devolvieras algo, sino para que te fueras con él. Para que el deseo no fuera un espejo, sino una flecha.
Cuando el deseo deja de ser espejo y vuelve a ser flecha, recién empieza a ser peligroso. No porque te complete. No porque te dé la identidad que te falta. Es peligroso porque te deja abierto. Y los abiertos no compran cursos de autoayuda. Los abiertos se juntan. No para pedir reconocimiento, sino para construir algo que no necesita ser visto para existir. Algo que no necesita like. Algo que no necesita validación. Algo que no necesita ser sujeto porque ya es movimiento.
El capitalismo tardío te vendió el deseo como una deuda que nunca se paga. Te vendió la ilusión de que el reconocimiento es el destino. Te vendió la promesa de que, si deseabas lo suficiente, el sistema te devolvería una imagen de vos mismo que valiera la pena. Pero el deseo de Silvio no es una promesa: es una despedida. No te dice vas a llegar, te dice andate. No te dice vas a ser visto, te dice dejá de necesitar que te vean.
Y cuando el deseo no vuelve, el sistema no sabe qué hacer con vos. Porque su poder no está en negarte el reconocimiento: está en hacerte creer que lo necesitás. El día que dejes de pedir que te reconozcan, el día que tu deseo se vaya tras de otro sin esperar nada a cambio, el día que el espejo se rompa y no intentes pegarlo, ese día el capitalismo tardío se queda sin moneda para cobrarte. Y vos, por primera vez, no estás adentro. Estás en el umbral.
Y el umbral, como bien sabía Silvio, no es un lugar para quedarse. Es un lugar para atravesar.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti. Y que no vuelva. Porque si no vuelve, es que encontró algo más que un objeto. Encontró un horizonte. Y los horizontes, amigo, no se facturan. Se caminan.